ESPERANZA JUNTOS

Daniel Nicols
www.nicols.es 

“El lujo no existe sin clase media que sueñe con alcanzarlo algún día; las grandes marcas no venderán si no hay marcas más pequeñas” 

En mis dos últimos artículos hablaba del año de las ratas y de cómo el coronavirus podía dar la puntilla y convertirse en la espada de Damocles de nuestra amada industria de la relojería, y nada más lejos de la realidad: esta pandemia del año de las ratas está acelerando a la velocidad del sonido los cambios que esperábamos para los próximos 20 años, teletransportándonos a un presente apocalíptico, posiblemente desolador pero donde aún cabe esperanza.

A nuestra industria le ha salido un competidor incansable que, aunque puede llegar a olvidar, no perdona. El tiempo se ha convertido en nuestro máximo competidor. Desde luego, en estos momentos el mejor consejo que nos pueden dar es que despertemos y vivamos aquí y ahora, que el pasado ya sucedió y el futuro es demasiado inseguro para hacer planes, y que aprovechemos cada hora del reloj para dar el máximo de nosotros mismos y marcar la diferencia. La verdad, más nos vale que sea así o nuestra industria se convertirá, como los sellos, en un simple objeto de coleccionismo para los que se quedaron aislados en el pasado.

Tampoco se trata de echar toda la culpa de nuestra situación al virus. Nosotros somos responsables de nuestros actos y de las medidas y decisiones que tomamos, más elegantes o menos según el reloj desde donde se mire, y estas decisiones de hoy son las semillas para los frutos que recogeremos en los próximos equinoccios y eras.

Es un hecho que nuestra industria está viviendo una pandemia —y no solo la del virus, pues viene de años atrás— que nos está dividiendo en todos los sentidos y está haciendo que se tomen decisiones solo pensando en el interés de cada grupo, marca o feria. Esta pandemia ya ha supuesto el fin de marcas como Jean Richard o Romain Jerome; el cierre —temporal, en la mayor parte de los casos— de fábricas suizas como la de Rolex; la paralización de exportaciones de relojes de algunas marcas del grupo Swatch, y el abandono sistemático, por parte de los grandes grupos, de Baselworld, la que ha sido durante décadas la gran feria de la industria de la relojería. Todo esto está poniendo en peligro una industria donde trabaja casi un millón de personas en todo el mundo.

Estamos en una economía de guerra —o de pandemia— que ya supimos superar en otras ocasiones no menos graves, como fueron la gripe española o las guerras mundiales, por lo que, en mi opinión, queda esperanza.

Pero la esperanza existe si resistimos unidos; si, en lugar de dividirnos y pensar solo en nosotros mismos, trabajamos juntos para labrarnos un presente mejor. La industria y, sobre todo, las marcas y los retailers deben unirse y pensar en global para tomar decisiones. Y pongo un ejemplo: es verdad que Baselworld no estaba haciendo bien las cosas, pero también lo es que, al abandonarla los grandes grupos y marcas para hacer la guerra cada uno por su cuenta, estos están haciendo un daño terrible a la industria, y especialmente a las marcas pequeñas y medianas, pero sobre todo al cliente final, porque el lujo no existe sin clase media que sueñe con alcanzarlo algún día, y las grandes marcas no venderán si no hay marcas más pequeñas. Hay que dar cabida a todas ellas en este nuevo esquema de ferias o nos tendremos que atener a las consecuencias.

Aunque la unión pueda parecer una utopía, creo que es la mayor de las esperanzas, y mientras exista el tiempo, creo que debemos dejar los egos de lado y cultivar el presente con ilusión, amor y esperanza para alcanzar un futuro mejor. Pero hagamos las cosas bien. Nuestros clientes son el rey, los príncipes y la verdadera esperanza de nuestra amada industria de la relojería.

Comentarios y sugerencias: club@maquinasdeltiempo.com

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