El relojero bávaro Hans Wilsdorf es recordado principalmente por haber fundado, en 1908, la firma Rolex, que hoy es una de las compañías más conocidas y prestigiosas del sector. Sin embargo, a él debemos también la existencia de una segunda marca que, si bien nació y se desarrolló a la sombra de su hermana mayor, cuenta hoy con una imagen plenamente reconocible que le ha valido una gran cantidad de admiradores en todo el mundo. Estamos hablando, naturalmente, de la firma relojera Tudor.

Aunque el registro de la marca fue realizado en 1926 por la compañía suiza Veuve de Philippe Hüther -por cuenta del propio Hans Wilsdorf-, su actividad productiva durante los primeros años fue más bien modesta. Estos primeros modelos incluían pocos signos distintivos, más allá del nombre “Tudor” escrito en la esfera.

Sin embargo, en 1936 Wilsdorf se hizo con los derechos de la marca y, por primera vez, ésta apareció asociada a Rolex (en algunos rarísimos modelos, el nombre de la firma ginebrina aparecía incluso en la esfera, como garantía de calidad). Este mismo año, Tudor adoptó la rosa como logotipo, en clara alusión al emblema de la dinastía de la cual había tomado el nombre (la casa de los Tudor reinó en Inglaterra entre 1485 y 1603, y su rosa está presente, aún hoy, en el escudo del Reino Unido). Con la elección del signo distintivo, Wilsdorf rendía un nuevo homenaje al país en el que había ejercido como relojero durante más de quince años, a principios de siglo.

Fue durante este periodo, en pleno auge de los relojes de pulsera, cuando el alemán empezó a barajar la posibilidad de apostar fuerte por Tudor como complemento a la oferta de Rolex. La firma ginebrina se había especializado en la fabricación de relojes de alta gama, lo que la dejaba fuera del alcance de una parte importante del mercado. Y Wilsdorf tenía la intención de cubrir este nicho con una segunda marca.

Calidad de precios asequibles

Sus planes se materializaron finalmente el 6 de marzo de 1946, con la fundación oficial, en Ginebra, de la sociedad Montres Tudor SA. El mismo Wilsdorf, por aquel entonces ya un ilustre relojero y hombre de negocios, anunciaba su creación de este modo: “Llevaba muchos años estudiando la idea de realizar relojes que nuestros concesionarios pudieran vender a un precio un poco más bajo que el de nuestros Rolex, pero alcanzando los mismos niveles de confianza. Decidí fundar una sociedad específicamente dedicada a la fabricación y a la venta de estos nuevos relojes”.

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Hans Wilsdorf, fundador de Rolex y Tudor.

Sus palabras eran muy indicativas del compromiso que tomaba la marca y de cuál sería su política comercial en el futuro: altos estándares de calidad y una estética digna de Rolex, con unos precios más asequibles para el gran público. La declaración de principios del fundador se plasmó, en 1947, en la creación del Tudor Oyster, el primer reloj de la marca desde su refundación. Con una indicación de hora, minutos y pequeños segundos, el modelo estaba dotado de la célebre caja hermética de la colección homónima de Rolex, y sólo se diferenciaba de uno de sus modelos en la esfera y, naturalmente, en el calibre, que en este caso era un ébauche de fabricación suiza (de hecho, ésta ha sido siempre la principal diferencia entre ambas marcas: Rolex usa siempre calibres de manufactura, mientras que Tudor ha optado históricamente por movimientos ETA, si bien retocados y decorados en los propios talleres).

En 1952, la firma lanzó el modelo Oyster Prince, un reloj “tres agujas” que compartía muchas de las características de su predecesor, empezando por la robustez de la caja Oyster. Su lanzamiento fue acompañado de la primera gran campaña publicitaria de Tudor. Aunque los anuncios se centraban principalmente en la prestigiosa figura de Wilsdorf (en ellos, el fundador de Rolex y Tudor afirmaba sentirse orgulloso y satisfecho de su participación personal en la creación de esta nueva marca), lo más significativo es que estaban ilustrados con dibujos, no sólo de deportistas en acción (practicando el motociclismo, el golf o la equitación), sino también de trabajadores, a los que se podía ver en su jornada laboral, realizando trabajos físicos en condiciones extremas mientras lucían un Tudor en la muñeca. Los acompañaban lemas tan contundentes como “¡1.000 millas de vibraciones despiadadas!” o “¡Castigado sin piedad!”.

Con ello, la marca lograba que un público más amplio -el que no podía acceder a los relojes de Rolex- se interesara por la marca, pero sobre todo transmitía una imagen de fiabilidad, precisión y resistencia. Estas cualidades hicieron que el Oyster Prince fuera elegido, en 1952, por una expedición científica de la Royal Navy británica a Groenlandia para formar parte de su equipamiento, lo que contribuyó a dar un gran prestigio al reloj.

Si los modelos masculinos recibían la denominación “Prince”, los femeninos se llamaban, naturalmente, Princess. Durante los años cincuenta, Tudor incorporó a su colección varios relojes para mujer, dotados también de una caja Oyster, aunque de menor diámetro. En 1957, la firma lanzó el Advisor, un elegante reloj con función despertador que, a diferencia de muchos de los modelos de ese periodo, no replicaba ningún Rolex. El Tudor Advisor fue producido hasta 1977, dato que ilustra perfectamente el éxito comercial que obtuvo.

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Anuncio del Tudor Oyster Prince, protagonizado por trabajadores para resaltar la resistencia y fiabilidad del reloj.

Primeros relojes de submarinismo

En los años sesenta, y siguiendo la estela dejada por el Oyster Prince, la firma ginebrina emprendió el proyecto de desarrollar un reloj profesional subacuático que pudiese formar parte del equipamiento oficial de la Marina de los Estados Unidos. El resultado fue el Tudor Oyster Prince Submariner, que fue producido entre 1964 y 1966.

El modelo era resistente al agua hasta 200 metros y visualmente idéntico al Rolex Submariner. A principios de los años setenta (y hasta 1984), una versión del Prince Submariner denominada “Marine Nationale” que fue adoptado oficialmente por la Marina francesa. Durante este periodo, Tudor se especializó en relojes de concepción más técnica, siempre tomando como referencia las colecciones de la marca madre. Así, al Prince Date-Day de 1969 le siguió, un año después, el Oysterdate Chronograph.

Ambos modelos lucían ya el nuevo logotipo de Tudor, un escudo, en sustitución de la rosa que desde 1947 decoraba la esfera. Con este nuevo emblema, la marca quería simbolizar la resistencia y la fiabilidad de sus piezas, dos aspectos que se habían convertido en elementos centrales de su filosofía.
El Oysterdate Chronograph representó una pequeña revolución para Tudor, ya que presentaba una imagen mucho más deportiva que la de sus antecesores, con algunas referencias al mundo del automovilismo (desde la escala de taquímetro del bisel hasta los contadores, que remitían al tablero de mandos de los coches de carreras).

Además de la versión de carga manual (que fue producida hasta 1977), se incorporó la automática, cuya comercialización se extendió hasta 1996. A diferencia de Rolex, Tudor incluyó mecanismos de cuarzo en algunas de sus colecciones de forma regular (dicha tecnología permitía ofrecer relojes a precios más competitivos, lo que encajaba perfectamente en la filosofía de la marca). Un ejemplo de reloj con este tipo de movimiento es el Monarch, que fue instroducido a principios de los noventa. Unos años después -concretamente, en 1996-, Tudor incorporaba a su colección un nuevo cronógrafo automático deportivo: el Tudor Prince Date Chronograph, dotado también de una escala de taquímetro en el bisel y caracterizado, sobre todo, por la posición de sus tres contadores, a las seis, nueve y doce horas.

El Hydronaut fue el gran lanzamiento de la marca en 1999. Sumergible hasta 200 metros, era el sucesor natural del Submariner. A diferencia de éste, sin embargo, estaba dotado de un brazalete propio, una nueva caja y, en general, una imagen que se desmarcaba de la iconografía del Oyster Submariner de Rolex. Asimismo, por primera vez utilizaba cristal de zafiro en vez de mineral.

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Tudor Oyster Submariner, con la caja y la esfera del famoso Rolex homónimo.

Cambio de rumbo

Durante casi sesenta años, Tudor había vivido bajo el manto protector de Rolex, utilizando en muchos casos sus cajas y brazaletes, o incluso replicando algunas de sus piezas más emblemáticas. Ello tenía sus grandes ventajas, naturalmente, pero también algún inconveniente, como el hecho de ser percibida en el sector como una marca secundaria.
Por ello, en 2009 la firma emprendió su reposicionamiento en el mercado a través de un cambio de rumbo en la concepción de sus colecciones y campañas publicitarias. El objetivo era aumentar la identidad de su producto y lograr que Tudor fuera percibida como una marca que unía rendimiento y elegancia.

Tudor lanzó la campaña “Designed for Performance. Engineered for Elegance” (un juego retórico que podría traducirse vagamente como “Diseñados para el Rendimiento. Fabricados para la Elegancia”), y anunció un acuerdo de colaboración con el equipo Porsche Motorsport, por el que se convertía en su cronometrador oficial en la competición Supercup. La colección que la marca ginebrina presentó en Baselworld plasmaba perfectamente la nueva filosofía: la nueva línea Glamour se inspiraba en el estilo de los años sesenta, mientras que Grantour remitía al mundo del automovilismo. Además, Tudor lanzó dos relojes de submarinismo: el cronógrafo Hydronaut II; y el más técnico Hydro 1200, hermético hasta los 1.200 metros y dotado de una válvula de escape de helio.

Un año después, Tudor consolidaba este giro con la colección Heritage, formada por versiones actualizadas de algunos de sus modelos históricos. Los relojes elegidos para el estreno fueron el Oysterdate Chronograph, de 1970, que volvió convertido en el Heritage Chrono; y el Advisor, de 1957, al que se incorporaron las indicaciones de calendario y reserva de marcha. En junio de 2011, la firma estrechó sus lazos con el mundo del motor a través de una nueva alianza, esta vez, con el equipo italiano Ducati que participa en el Campeonato Mundial de Moto GP. Para celebrarlo, Tudor lanzó un reloj conmemorativo, el cronógrafo Fastrider, decorado con el color rojo característico de la marca de Borgo Panigale. En la colección de 2012, la firma amplió su histórica relación con el mundo del submarinismo con el lanzamiento de dos modelos profesionales: el Pelagos, resistente al agua hasta 500 metros, y el Black Bay, con una hermeticidad de 200 metros.

En sólo cinco años, la nueva estrategia comercial diseñada por los directivos de Tudor ha dado interesantes frutos, y la marca es percibida, cada vez más, como una firma relojera con personalidad propia, con una imagen fuerte y unos modelos que, aun sin equipar movimientos de manufactura propia, siguen contando con la garantía de calidad de una casa como Rolex.

Este artículo ha sido publicado en el número 45 de la revista Máquinas del Tiempo.

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