Tudor

Nacida para atreverse

“Desde hace algunos años, he estado considerando la idea de hacer un reloj que nuestros agentes pudieran vender a un precio más modesto que el de nuestros relojes Rolex y, sin embargo, que alcanzara el estándar de fiabilidad por el que Rolex es famoso. He decidido crear una empresa separada con el objetivo de fabricar y comercializar este nuevo reloj. Se llama Tudor Watch Company.”

Foto de juventud de Hans Wilsdorf, fundador de las firmas Rolex y Tudor.

Con estas palabras anunciaba Hans Wildorf, en 1926, la creación de una nueva marca relojera, hermana menor de Rolex. Por aquel entonces, la firma de la corona ya era una de las manufacturas suizas de referencia y estaba a punto de dar otro importante salto de calidad definitivo con la introducción de las cajas herméticas Oyster. Sin embargo, sus modelos no estaban al alcance de todos los bolsillos, y Wilsdorf, que siempre había tenido como principal objetivo la popularización del reloj de pulsera, quería ser capaz de ofrecer un producto más competitivo sin que ello afectase al estatus de Rolex. Así pues, en febrero de 1926 la compañía relojera Veuve de Philippe Hüther registró la marca “The Tudor” por petición de Wilsdorf, a quien concedió su derecho exclusivo de uso.

A principios de los años 30 aparecieron los primeros modelos Tudor, que naturalmente estaban fabricados por Rolex. Se trataba de pequeños relojes de vestir, de hombre o de mujer, que generalmente lucían cajas rectangulares, con forma de tonel o con los bordes biselados, en consonancia con los cánones estéticos del momento. Estos primeros relojes estaban firmados con el nombre de la marca en mayúsculas, con el brazo de la “T” alargándose por encima del resto de letras. En algunas ocasiones, se acompañaba de la firma de Rolex, que ya contaba con un prestigio internacional consolidado. A partir de 1936, y coincidiendo con la adquisición definitiva de la marca “The Tudor” por parte de Hans Wilsdorf, empezó a aparecer el dibujo de la rosa, emblema de la Casa Tudor de Inglaterra, que en algunas ocasiones se situaba dentro de un escudo para simbolizar la unión entre la fuerza y la belleza.

Publicidad del Tudor Oyster Prince en la que se hacía referencia a las pruebas de resistencia superadas por el reloj (en este caso, una carrera de motos).

Una nueva etapa

El gran salto de calidad de Tudor se produjo justo después de finalizar la Segunda Guerra Mundial, cuando Wilsdorf vio la necesidad de dotarla de una identidad propia y de las herramientas para poderse expandir en el mercado. El 6 de marzo de 1946 se constituía oficialmente la empresa Montres Tudor, especializada en la fabricación de relojes para hombre y mujer. Aunque se trataba de una compañía nominalmente independiente, Tudor seguía teniendo detrás toda la maquinaria logística de Rolex, que no sólo se encargaba de garantizar las características técnicas, estéticas y funcionales de sus relojes sino también de su distribución, así como del servicio postventa. Además, la nueva compañía se beneficiaba de las principales invenciones técnicas de la casa madre, como las cajas herméticas Oyster. De este periodo destaca, sin duda, el Tudor Oyster 4463, un resistente reloj de 34 mm con las agujas horarias luminiscentes y la trotadora roja para garantizar una buena legibilidad.  

Un año después de la fundación de la compañía, y quizás para simbolizar la nueva etapa, el escudo del logotipo empezó a desaparecer de forma gradual, de modo que la rosa acabaría erigiéndose en el símbolo de Tudor en solitario. Así aparecía, ya, en los primeros anuncios comerciales específicamente dedicados a la marca, publicados en 1948. En ellos, sin embargo, aún se ponía énfasis en el hecho de que los relojes eran fabricados por Rolex, toda una garantía de precisión y fiabilidad.

Nace el Oyster Prince

Este vínculo entre ambas compañías se hizo aún más evidente en la campaña que acompañó la comercialización del Tudor Oyster Prince, lanzado en 1952. Redactado como si se tratara de una noticia, uno de los anuncios incorporaba declaraciones del fundador de Rolex y Tudor, Hans Wilsdorf, en las que alababa el nuevo reloj y afirmaba que, en vista de la gran calidad del Oyster Prince, había decidido que merecía “compartir con Rolex dos ventajas cuyo uso no permitiría a ningún otro reloj: la famosa y única caja hermética Oyster y el mecanismo original de cuerda automática por rotor Perpetual”.

Si los relojes profesionales de Rolex estaban destinados a ingenieros, pilotos, científicos y alpinistas, con estas acciones publicitarias el Oyster Prince se postulaba como el reloj perfecto para los trabajadores que realizaban una actividad física. Sin embargo, ello no le restaba un ápice de elegancia, como demuestra la referencia 7950, popularmente denominada “Tuxedo” por su combinación cromática. El Tuxedo contaba con una esfera bicolor, con la zona central negra, dividida en cuatro sectores, y el anillo exterior metálico y decorado con un “guilloché”.

En 1954, Tudor inició su larga relación con el mundo del submarinismo con el lanzamiento del Oyster Prince Submariner, un reloj automático específicamente destinado a las inmersiones acuáticas. El modelo inaugural estaba basado, en realidad, en el Oyster Submariner, que Rolex había presentado un año antes, del cual lo diferenciaban más cuestiones técnicas que estéticas. Gracias a su resistencia y a sus buenas prestaciones bajo el agua, el Submariner fue adoptado por la Armada de los Estados Unidos, que lo utilizó entre 1962 y 1964. La Armada francesa haría lo propio –con posteriores versiones del reloj–, entre 1970 y 1984.

Dos versiones diferentes del Oyster Prince, lanzado en 1952. La segunda es conocida por los coleccionistas con el apelativo “Tuxedo” por la combinación cromática de su esfera.

En la línea de ofrecer guardatiempos altamente funcionales, en 1957 Tudor presentó el modelo Advisor, el primer reloj de la marca con función de alarma. A pesar de su singularidad, entre 1957 y 1977 se llegaron a fabricar tres versiones del reloj, dos con caja Oyster y un tercero con una caja diseñada exclusivamente para él. Ese mismo año, la firma también introdujo en el mercado el modelo Oysterthin, un reloj hermético con una caja de solo 6 mm de espesor. Comercializado durante seis años en unidades limitadas, el Tudor Oysterthin acabaría convirtiéndose, con el tiempo, en uno de los modelos de la marca más apreciados por los coleccionistas.

Vuelve el escudo

Aunque nunca había abandonado la fabricación de elegantes relojes de vestir o incluso de delicados guardatiempos femeninos, a finales de la década de los 60 Tudor era conocida principalmente por sus modelos más técnicos y robustos, que acaparaban el catálogo de la marca. Para simbolizar esta evolución, en 1969 la firma ginebrina sustituyó la rosa de su logotipo por el escudo, que había desaparecido del mismo a finales de los años 40.

Este nuevo logotipo lucía ya en el modelo Oyster Prince Date+Day, que la compañía empezó a producir en 1969. Como su nombre indica, el reloj ofrecía las funciones de día de la semana y fecha, con la misma disposición que el célebre Oyster Perpetual Day-Date de Rolex. Al igual que este, también estaba dotado de una gran lente de aumento situada en el cristal, sobre la ventana de fecha. También en 1969, Tudor introdujo dos importantes cambios en su Oyster Prince Submariner: por una parte, sustituyó los movimientos utilizados hasta el momento por calibres automáticos ETA; por la otra, modificó el diseño de los índices horarios y de las agujas. Los primeros pasaron a ser cuadrados (excepto los relativos a las 3, 6 y 9 horas, que eran rectangulares, y el de las 12, triangular), mientras que las agujas adoptaron una forma del todo singular: tanto la aguja horaria como la segundera incorporaron un cuadrado cerca de la punta para aumentar la superficie luminiscente y evitar posibles confusiones con la minutera. Estas agujas, que acabarían recibiendo la denominación “Snowflake”, siguen siendo utilizadas hoy en día en algunos modelos y son uno de los elementos distintivos de la marca.

Cronógrafo Oysterdate “Montecarlo”, de 1971.

Tudor Submariner de 1969, con las icónicas agujas “snowflakes” y los índices horarios cuadrados.

En 1970, y con el Submariner convertido en uno de los puntales de la colección, Tudor decidió ampliar su gama de relojes deportivos con el lanzamiento de su primer cronógrafo, el modelo Oysterdate. Equipado con el calibre de carga manual Valjoux 7734, el Oysterdate destacaba por su robusta caja de 39 mm, y por el carácter extremadamente deportivo de la esfera, que combinaba un fondo gris con unos contadores negros y varios elementos blancos y naranjas. Otra particularidad del Oysterdate es que la función de cronógrafo contaba con un totalizador de 45 minutos, en lugar de los más comunes contadores de 30 minutos.

Solo un año después de su lanzamiento, Tudor presentó una segunda generación del Oysterdate que incorporaba algunas mejoras técnicas –como la introducción del calibre Valjoux 234– y presentaba una imagen extremadamente deportiva, marcada por una esfera de distintos colores que le valdría la denominación “Montecarlo” por su parecido con una ruleta. Estéticamente a las antípodas del Montecarlo, el Prince Oysterdate Chrono-Time, presentado a principios de la década, tenía una elegante estética sport-chic, gracias a la combinación de un bisel giratorio y un brazalete integrado, muy en boga en ese periodo. 

Divers y cronógrafos

A mediados de los años 70, tanto la familia de relojes de submarinismo como la de cronógrafos estaban perfectamente consolidadas dentro de la colección de Tudor, que continuaba mejorando sus productos estrella con modificaciones técnicas y pequeños rediseños. Así, en 1975 el Oyster Submariner empezó a utilizar el calibre ETA 2776, dotado de un sistema de parada del segundero para una puesta en hora más precisa.

Un año más tarde, la evolución llegó a la colección de cronógrafos Prince Oysterdate, que vio el lanzamiento de la primera línea de modelos equipados con un movimiento de cuerda automática. Popularmente denominados “Big Block” por su mayor grosor (necesario para alojar un movimiento con rotor), ofrecían la disposición propia del calibre Valjoux 7750: contadores de 30 minutos y 12 horas en el eje vertical, y el segundero horario y la ventana de fecha en el horizontal. Para este modelo, los diseñadores de la casa crearon dos estilos diferentes de esfera: uno más deportivo, que recuperaba las combinaciones cromáticas de cronógrafos anteriores (y que recibiría popularmente el apodo “Exotic”), y otro de corte más elegante, con los contadores en contraste.

El Tudor Advisor, un singular modelo con alarma del cual se fabricaron tres versiones diferentes entre 1957 y 1977.

El modelo Oyster Prince Date+Date, producido a partir de 1969.

Si el Oysterdate “Big Block” apenas sufrió cambios durante las dos décadas siguientes, más allá de pequeñas modificaciones estéticas, el otro puntal de la colección de Tudor, el Submariner, sí que siguió evolucionando para adaptarse a las cada vez más exigentes necesidades de los submarinistas. En los últimos años de fabricación –antes de desaparecer del catálogo en 1999– incorporó significativas innovaciones técnicas, como la introducción de cristales de zafiro ultrarresistentes y biseles giratorios estriados, así como variaciones en el diseño de las esferas y los biseles.

En 1995, Tudor introdujo la segunda serie de cronógrafos de cuerda automática Prince Oysterdate, que incorporaba un nuevo diseño de caja y numerosas innovaciones tanto técnicas como estéticas. Sin renunciar a la forma que había caracterizado el modelo desde su creación, la nueva caja cambiaba las líneas afiladas y agresivas de los modelos anteriores por unas más suaves, con preponderancia de formas curvas y redondeadas.

Cuando Montres Tudor celebró su 50º aniversario, en 1996, ya se había consolidado como una firma relojera con personalidad propia, y era conocida en todos los mercados. Es lógico, pues, que las referencias directas a Rolex, tan habituales en las primeras décadas, empezasen a desaparecer de las cajas, las coronas y los brazaletes. Sin embargo, la marca no estaba exenta de ciertas dificultades, y durante un periodo incluso llegó a desaparecer de algunos mercados importantes, como el estadounidense.

Sin duda, el modelo más significativo de este periodo –y quizás de una voluntad, por parte de Tudor, de diferenciarse más de Rolex en el aspecto estético– fue el Hydronaut, lanzado en 1999 para substituir al mítico Submariner. Dotado de un brazalete metálico de nuevo diseño, el Hydronaut presentaba un aspecto totalmente diferente al de todos sus predecesores, marcado por la forma sinuosa de su carrura y por su bisel almenado.

Cronógrafo Oysterdate “Big Block” de 1976, equipado con un calibre Valjoux 7750.

 El Black Bay GMT con bisel “Pepsi”, lanzado primero en oro blanco y más tarde en acero.

Paso adelante

En 2009, para celebrar el décimo aniversario del Hydronaut, Tudor introdujo el Hydronaut II, que se caracterizaba por unas asas rectas que le conferían una imagen incluso más robusta. Dentro de la nueva gama de relojes de submarinismo de la casa destacaba el Hydro 1200, un modelo extremadamente robusto, resistente al agua hasta 1.200 metros y dotado de una válvula de helio que permitía utilizarlo para practicar buceo de saturación. 

Estas novedades coincidieron con un relanzamiento creativo y comercial de la marca, que se haría incluso más evidente en los años siguientes. Tras recuperar la influencia automovilística con la línea Grantour, fruto de una alianza con Porsche, en 2010 la firma presentó el Heritage Classic, una puesta al día del mítico Oysterdate. Dotada de los clásicos índices pentagonales “Homeplate”, la esfera del reloj mantenía el indicador de 45 minutos del cronógrafo distintivo del modelo de referencia y lucía una de las combinaciones cromáticas utilizadas en los 70 –negro, gris, blanco y naranja–, pero también tenía licencias estéticas, como la elegante decoración de Clous de Paris en el lateral del bisel, la corona y los pulsadores.

El Heritage Classic era solo el primero de una línea de relojes destinada a recuperar –y reinterpretar– los diseños más icónicos de la firma. Un año más tarde le siguió el Tudor Heritage Advisor, con su imprescindible función de alarma, y en 2012 la firma presentó el Heritage Black Bay, claramente inspirado en los Submariner de los años 50. 

Ese mismo año, Tudor también tuvo tiempo de presentar líneas completamente nuevas –aunque no exentas de guiños a la historia de la marca–, como el modelo de buceo Pelagos, que contaba con una caja de titanio como principal particularidad. Visualmente más austero que el Black Bay, pero también más técnico, el Pelagos tenía una esfera negra con índices y manecillas tipo “Snowflake”, y contaba con una válvula de escape de helio.

Las grandes novedades de 2014 tuvieron, de nuevo, un sabor retro. Además de lanzar nuevas versiones del Black Bay –destinado a convertirse en el buque insignia de la marca–, la firma presentó el Heritage Chrono Blue, que recuperaba otra de las combinaciones de color icónicas del Montecarlo.

El reloj de submarinismo Black Bay P01, basado en un prototipo realizado en 1967 para la marina de los Estados Unidos.

El Tudor Black Bay Chronograph con la esfera negra y blanca, presentado este mismo año.

Además de potenciar la identidad de la marca, creando nuevas líneas de producto y recuperando algunos de los elementos que habían contribuido a forjarla a lo largo del siglo XX, los directivos de la marca deseaban dar un salto de calidad también en el apartado técnico. Esta voluntad se materializó, en 2015, con la presentación del calibre MT5621, el primer movimiento diseñado y fabricado por Tudor en toda su historia. Fruto de cinco años de trabajo en los talleres de la marca, este mecanismo de carga automática garantizaba 70 horas de reserva de marcha y estaba certificado como cronómetro por el COSC. El MT5621 se estrenó en la línea North Flag, inspirada en el ámbito de las expediciones científicas (y a la vez estéticamente deudora del Ranger II), y en una nueva versión del Pelagos con esfera y bisel cerámico azul.

Solo un año más tarde, Tudor utilizó otro movimiento de la casa (en este caso, el MT5601, con indicación de fecha) para equipar el espectacular Heritage Black Bay Bronze, que combinaba una gran caja de bronce con una esfera y un bisel de color marrón. No menos llamativo fue el Black Bay GMT presentado en 2018, que tomaba prestado el célebre bisel “Pepsi” del Rolex GMT-Master.

En 2019, Tudor volvió a bucear en su propia historia para rescatar el diseño de un prototipo que había realizado en 1967 para la marina de los Estados Unidos pero que nunca llegó a materializarse. Esta búsqueda dio como fruto el modelo Black Bay P01, un robusto reloj de submarinismo caracterizado por la posición de la corona a las 4 horas, y equipado con un singular sistema de bloqueo del bisel mediante una pieza situada entre las asas.

Este año, Tudor quería celebrar que lleva cinco décadas fabricando cronógrafos deportivos, y lo ha hecho relanzando el Black Bay Chrono con una nueva caja ligeramente más fina y una esfera bicolor (Panda o Panda invertido); una nueva muestra de cómo la firma ginebrina ha encontrado el equilibrio perfecto entre el respeto por su rico patrimonio estético y la adaptación a los gustos y las necesidades del consumidor actual.

Con la línea Black Bay como punta de lanza, un patrimonio estético al alcance de pocas manufacturas y la capacidad de diseñar y elaborar sus propios movimientos, la firma de la rosa y el escudo se ha convertido ya en una de las manufacturas a tener más en cuenta en el actual panorama relojero, y no cabe duda de que está más que preparada para seguir dando muchas alegrías a los aficionados a la alta relojería.

Más información en: www.tudorwatch.com

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