A finales del siglo XIX, Suiza vivía un periodo convulso, marcado por una importante recesión económica que estaba obligando a muchos de sus habitantes a emigrar a otros países, especialmente a América.
La célebre industria relojera helvética no sólo no era ajena a esta situación, sino que, por primera vez en mucho tiempo, se encontraba ante un competidor real a nivel mundial; Estados Unidos, donde la mayor tecnificación y el uso de piezas intercambiables permitía lanzar grandes series a precios razonables y con una apreciable calidad. En Suiza, la industrialización era incipiente y el grueso de su producción seguía recayendo en una multitud de pequeños talleres diseminados por sus valles, lo que dificultaba una producción extensiva.
Esta descorazonadora situación no asustó al joven Léon Breitling, que a sus 24 años tenía el sueño de abrir su propio comptoir, especializado en la elaboración de cronógrafos y contadores de gran precisión destinados a los deportes, las ciencias y la industria. Nacido en 1860 en La Chaux-de-Fonds, Breitling conocía bien el medio relojero; tanto su abuelo como uno de sus tíos ya se habían dedicado a la fabricación de guardatiempos y, de hecho, existen preciosos relojes de oro de mitades de siglo firmados con el nombre “Breitling-Laederich”.
En 1884, Léon Breitling inauguró su taller en Saint-Imier, una población del valle del Jura bernés que había experimentado un importante desarrollo a lo largo del siglo XIX gracias a la reconversión a la industria relojera (incluso albergaba algunas de las primeras fábricas relojeras del país).

Léon Breitling, fundador de la compañía.
Cronógrafos y contadores
Desde el principio, la intención del relojero fue especializarse en la fabricación de cronógrafos y contadores, dos tipologías de reloj que, con apenas 70 años de vida, habían vivido una importante evolución técnica y se encontraban entonces en pleno desarrollo.
Como era habitual en ese momento, Léon Breitling decidió que su comptoir funcionase mediante el sistema del établissage; es decir, recurriendo a varios proveedores de la zona para conseguir los componentes necesarios para la fabricación de sus relojes. Sin embargo, además de ensamblar y afinar los mecanismos que le proporcionaban, el relojero dedicaba buena parte de su tiempo a perfeccionar la mecánica de los cronógrafos, como demuestran sus múltiples patentes para simplificar su mecanismo. Aunque hay poca constancia material de las primeras piezas de Breitling, el negoció debió crecer significativamente, puesto que en 1892 Léon abandonó el pequeño taller de Saint-Imier para trasladar la producción a su ciudad natal, La Chaux-de-Fonds, que por aquel entonces ya era uno de los centros mundiales de la relojería. Concretamente, Breitling eligió un magno edificio fabril situado en la ruelle de Montbrillant, que pronto se convertiría en todo un símbolo y un motivo de orgullo para la marca.
La manufactura contaba, ya entonces, con varias decenas de trabajadores. Como reflejo de este crecimiento, adoptó entonces el nombre de “L. Breitling. Montbrillant Watch Factory” y empezó a invertir en publicidad. Entre su oferta se encontraban cronógrafos y contadores con registro de cinco, diez, 15 ó 60 minutos, y precisión de 1/5 o 1/10 de segundo, en algunos casos, dotados de escala de taquímetro para el cálculo de velocidades medias.
Esta función ejemplifica la apuesta de Breitling por el incipiente fenómeno del automovilismo. En 1905, el relojero registró una patente para un “contador-taquímetro para deportes” que sustituía las características escalas en espiral por una sola escala que permitía medir velocidades entre los 15 y los 150 Km/h. Para hacerlo más legible, un sistema permitía reducir la velocidad de la trotadora de segundos de modo que realizara una vuelta a la esfera cada cuatro minutos.
Por aquellos tiempos, también la aviación vivía sus primeras hazañas de la mano de verdaderos aventureros como los hermanos Wright, Louis Blériot o Roland Garros. No es extraño pues, que algunos de ellos pudieran utilizar los precisos instrumentos de la firma suiza en sus vuelos. Léon Breitling, sin embargo, no vivió el tiempo suficiente para ver como su compañía quedaba ligada para siempre a la historia de la aviación: falleció en agosto de 1914, apenas unos días antes del inicio de la Primera Guerra Mundial, dejando las riendas de la empresa en manos de su hijo Gaston.
En las primeras décadas del nuevo siglo se había popularizado una nueva manera de llevar el reloj que permitía consultarlo con un simple gesto de la muñeca: el reloj de pulsera. En seguida, Gaston Breitling vio la gran oportunidad que representaba este invento para los deportistas y, sobre todo, para los pilotos, y decidió introducir el nuevo formato a sus colecciones.En 1915, Breitling se convirtió en una de las primeras marcas en lanzar un cronógrafo de pulsera.
Sin embargo, a diferencia de algunas de las firmas de la competencia, Gaston Breitling no se limitó a transformar los viejos relojes de bolsillo dotándolos de dos asas y una correa: la marca de La Chaux-de-Fonds creó mecanismos especialmente diseñados para adaptarse a la nueva tipología de reloj. Sin duda, la evolución más importante introducida por el relojero suizo fue el desplazamiento del pulsador del cronógrafo, que hasta entonces se encontraba integrado en la corona, a la posición de las dos, donde podía activarse de forma natural con el índice. Paralelamente, la corona se situó a las tres horas, donde era más fácilmente manejable con el reloj en la muñeca.

Reloj de 1923 con el primer diseño de pulsador a las 2
A pesar de los avances en el campo técnico y de la creciente demanda de instrumentos de precisión, la situación no fue fácil para Breitling -igual que para toda la industria europea en general- a causa de la recesión económica y de las restricciones provocadas por la Gran Guerra. No fue hasta su conclusión, en 1918, cuando la empresa pudo recuperar su crecimiento, impulsada por la gran demanda de cronógrafos en los mercados extranjeros. Asimismo, la empresa pudo beneficiarse del salto tecnológico que el conflicto bélico había motivado en el campo de la aviación.
Así, en 1923 Breitling introdujo una importante innovación técnica en el ámbito de la construcción de calibres cronográficos: Gaston separó las funciones de parada/puesta en marcha y vuelta a cero, y situó ésta segunda en la corona. Ello permitía realizar varios cronometrajes simultáneamente sin tener que pasar por la posición de partida. El compromiso de Breitling con el mundo del deporte también queda reflejado en la gran cantidad de contadores con funciones o graduaciones específicas para el fútbol o las regatas.
Tercera generación
En julio de 1927, fallecía Gaston Breitling, dejando la empresa en una envidiable posición comercial. Su hijo, Willy Léon, era aún demasiado pequeño para hacerse cargo de su dirección, de modo que ésta fue provisionalmente confiada a un grupo de gestores. En realidad, fue Marcel Robert, un hábil y creativo relojero, quien iba a desempeñar un papel decisivo en la casa durante casi cincuenta años desde su cargo de director técnico. En sus primeros años, la firma lanzó su primer instrumento específicamente diseñado para los tableros de control de coches y aviones e incorporó la esfera negra con grandes numerales luminosos, que se convertiría en una seña de identidad de la marca.
Durante los duros años treinta, aún marcados por el crack del ’29, la firma vivió un periodo realmente sombrío, durante el cual tuvo que hacer frente, más allá de la crisis global, a la codicia de sus gestores interinos, que intentaron hacerse con la casa aprovechando la ausencia del heredero. Fue la segunda esposa de Léon quien, en 1932, llamó al orden e hizo volver a Willy de Ginebra, donde estaba completando su formación, para que se encargase de la empresa familiar.
Nuevo estilo
Más educado en el mundo del comercio que en de la relojería, Willy se mostró muy pronto como un gran comunicador. Bajo su dirección, se multiplicaron los esfuerzos publicitarios y Breitling participó en numerosas ferias y exposiciones. Para aumentar su visibilidad, la firma incluso se inició en el ámbito de los patrocinios deportivos, ocupándose de cronometrar varias pruebas profesionales.
En 1934, Willy decidió implicarse también en el aspecto creativo, y lo hizo por la puerta grande, introduciendo una innovación que cambiaría el diseño de los cronógrafos de pulsera: sacó el pulsador de vuelta a cero de la corona y lo situó a las dos horas (más tarde pasaría a las cuatro). De este modo, nacía la que es hoy la tipología más habitual de cronógrafo, con los pulsadores simétricos flanqueando la corona.
Paralelamente a los instrumentos de cronometraje y a los múltiples modelos especialmente diseñados para pilotos, a finales de los años treinta la marca suiza potenció la fabricación de cronómetros de a bordo. Dichos instrumentos exigían la mayor exigencia técnica por parte de los diseñadores de Breitling, puesto que debían garantizar un funcionamiento preciso en las condiciones más rigurosas y a la vez ser fácilmente manipulables y legibles en cualquier situación. En 1937, la firma registró una patente para un cronógrafo de a bordo en el que los pulsadores estaban situados en el panel, lo que implicaba una mayor comodidad de manipulación.

Cronomat de 1942
Todo este esfuerzo se concentró, a partir de 1938, en un departamento especializado en relojes y cronógrafos de vuelo, el Breitling HUIT Aviation, dotado de su propio laboratorio de pruebas. La capacidad de Breitling de producir grandes series de relojes de aviación hizo que la Royal Air Force británica encargara una gran cantidad de cronógrafos de a bordo a la marca suiza.
Finalmente, en septiembre de 1939 dio comienzo la Segunda Guerra Mundial y Breitling tomó la decisión de reducir el personal, llevado por el clima de incertidumbre. Sin embargo, muy pronto sus instrumentos se revelaron imprescindibles para la aviación y la manufactura volvió a recuperar un buen ritmo de fabricación. Es más, la firma suiza amplió significativamente su oferta de instrumentos para aviadores, proponiendo nuevas cajas e incluso nuevas funciones.
Durante la primer parte de la guerra, Breitling hizo llegar sus cronógrafos en secreto al ejército británico, a menudo, utilizando los métodos más arriesgados. Sin embargo, la ocupación de Francia dejó a Suiza totalmente aislada por las fuerzas del Eje y la situación se complicó significativamente para la empresa, que dependía de los permisos de exportación concedidos por Alemania.
Por suerte, la firma no dependía exclusivamente de los encargos de carácter bélico, sino que había trabajado para atraer a un público más amplio con la fabricación de cronógrafos más baratos. Como elemento central de esta política, en 1942 fue lanzado con gran pompa el modelo Chronomat, con una regla de cálculo circular situada en el exterior de la esfera: el sistema estaba basado en dos escalas, una fija y una móvil, y permitía efectuar todos los cálculos de taquímetro, telémetro, pulsómetro, etc, además de efectuar el cálculo de varias operaciones matemáticas, como multiplicaciones, divisiones, reglas de tres, etc.
Dos años después, Breitling repitió el éxito con la creación del Duograph, que en poco tiempo se convertiría en otro verdadero clásico de la marca. En 1945, el cronógrafo Daltora, dotado de calendario completo, se les unió en este podio de grandes piezas de los años cuarenta.
La era de los grandes relojes
Con el fin del conflicto bélico, Breitling pudo normalizar su producción, y retomó su vieja relación con el mundo del deporte a través del patrocinio de varias competiciones, como el Giro de Italia o el Tour de Francia. Sin embargo, la firma no había olvidado su compromiso con el mundo de la aviación, y en 1952 lanzó el que aún hoy es su modelo más emblemático: el Navitimer, un cronógrafo específicamente diseñado para satisfacer las necesidades de los pilotos.
Igual que el Chronomat, cuenta con una regla de cálculo circular que permite resolver cualquier operación relativa a la navegación aérea, pero a diferencia de éste, sus dos escalas funcionan en paralelo –logro técnico de Marcelo Robert-, de modo que también permite obtener tablas completas de multiplicación o de división sin tener que girar el bisel. Además, la escala interior incorpora tres indicaciones, correspondientes a las tres unidades de distancia más utilizadas en aeronáutica: millas, quilómetros y millas náuticas.
Dotado de un calibre Venus 178, el Navitimer era la respuesta de Breitling a la gran evolución que la aeronáutica había vivido durante los últimos años, y se traducía en la fabricación de aviones cada vez más potentes y dotados de más autonomía. Quizás por ello, fue elegido por la AOPA (“Aircraft Owners and Pilots Association”) como reloj oficial. En el ámbito institucional, 1952 también fue el año en el que Willy Breitling decidió trasladar la sede social de la empresa, sus oficinas y sus servicios comerciales a Ginebra, con la intención de acercarse más a su clientela internacional.
Del cielo al océano
Con la marca más que consolidada como proveedora de guardatiempos para pilotos, Willy Breitling dirigió su mirada hacia el mar. En 1957, el submarinismo estaba en pleno auge, y el aumento del tiempo de ocio había impulsado la práctica de deportes acuáticos, de modo que se hacía imprescindible introducir algunos modelos que pudieran acompañar tanto a profesionales del buceo como a simples bañistas.

Modelo Navitimer de 1952.
La respuesta de Breitling fue el SuperOcean, un reloj hermético hasta 200 metros y dotado de un bisel giratorio para el cálculo del tiempo de inmersión. Un año después fue presentado el TransOcean, un modelo sencillo pero de altas prestaciones: resistente a los impactos y a los campos magnéticos, hermético y certificado como cronómetro.
El dominio de Breitling en la fabricación de relojes robustos y precisos era, a principios de los años sesenta, indiscutible. Cuando, en plena carrera espacial, los americanos se pusieron a testar algunos de los modelos del mercado para elegir el que mejor podía resistir las condiciones de un vuelo espacial, el Navitimer superó todas las pruebas. Así, el 24 de mayo de 1962, el comandante Scott Carpenter efectuó tres órbitas alrededor del planeta llevando en la muñeca un Navitimer ligeramente modificado (graduado sobre 24 horas para permitir diferenciar el día y la noche en el espacio). El modelo no tardaría en incorporarse a la colección con la denominación “Cosmonaute”.
Chrono-Matic, una hazaña técnica
Uno de los grandes retos pendientes de la Alta Relojería durante los años sesenta era la creación de un cronógrafo automático, y un relojero de gran prestigio, Gérald Dubois, responsable de la unidad técnica de la manufactura de calibres Dépraz & Cie (hoy, Dubois Dépraz), se había puesto manos a la obra para solucionar los problemas técnicos que planteaba.
Hacia 1965, Dépraz, que estaba buscando socios que le ayudaran a sacar adelante su proyecto, contactó con Willy Breitling, quien inmediatamente se mostró entusiasmado por la posibilidad de lanzar el primer cronógrafo automático. Ante la magnitud de la tarea, también pidieron ayuda a Jack Heuer, director general de Heuer-Leonidas, actual TAG Heuer; y a la fábrica de mecanismos Büren Watch, que acababa de ser adquirida por la firma americana Hamilton.
Esta inédita colaboración entre varias compañías dio su fruto con el lanzamiento, el 3 de marzo 1969, del Calibre 11 Chrono-Matic, un movimiento cronográfico de estructura modular, dotado de un microrrotor descentrado. Breitling creó una colección de seis piezas Chrono-Matic, que tenían como signo distintivo la corona a la izquierda (elemento que también adoptarían las otras dos marcas que habían participado en la creación del calibre). Asimismo, la firma incorporó la versión automática a sus colecciones estrella, Navigator y Chronomat, a la vez que reforzaba su imagen con una caja más voluminosa y contundente. La pequeña revolución técnica protagonizada por Breitling prometía un éxito sin precedentes en el mundo de la Alta Relojería y, sin embargo, lo que se aproximaba era un periodo muy oscuro para la manufactura de La Chaux-de-Fonds, así como para el conjunto de la industria relojera suiza.
El mismo 1969, la firma nipona Seiko había lanzado el primer reloj de pulsera del mundo con calibre de cuarzo, y a partir de 1973 empezaron a llegar masivamente relojes de cuarzo procedentes del Extremo Oriente y de Estados Unidos. La industria mecánica suiza no podía hacer frente a la competencia extranjera, y cientos de marcas se vieron obligadas a cerrar sus puertas.
En el caso de Breitling, la situación se presentaba igualmente insostenible y, aunque la dirección de la empresa intentó adaptarse precipitadamente a la nueva coyuntura introduciendo varios modelos electrónicos, fue imposible remontar el vuelo. Finalmente, en diciembre de 1978, Breitling se vio obligada a cesar sus actividades y anunció el cierre de la fábrica de Montbrillant y de las oficinas de Ginebra.
Sin embargo, como último servicio a la firma a la cual había servido durante 47 años, un enfermo Willy Breitling contactó con Ernest Schneider, un ingeniero electrónico que dirigía una pequeña firma relojera especializada en modelos con células solares y de cuarzo, y le propuso hacerse cargo de Breitling. Schnneider era también un piloto aficionado y un gran amante de la aviación, por lo que no supo decir que no al reto que le planteaba Willy. El 5 de abril de 1979 se firmó el contrato que dejaba la histórica firma relojera en manos de su nuevo propietario. Sólo unos días después, Willy Breitling fallecía con la tranquilidad de haber dejado la compañía en las únicas manos capaces de hacerla renacer. Ernest Schnneider se encontró una compañía desestructurada, pero con el prestigio intacto y una poderosa imagen ligada a la fabricación de cronógrafos mecánicos y al mundo de la aviación. Así pues, en un tiempo lleno de incertidumbres, lo único que tenía claro era que debía continuar ofreciendo instrumentos de calidad, caracterizados por su diseño deportivo y su fiabilidad y precisión.

Modelo tonneau de la primera colección Chrono-Matic de 1969.
Nuevo impulso
Aunque la recuperación de la firma se fundamentó, durante los primeros años, en la fabricación de relojes de cuarzo, muy pronto empezaron a nacer, en la cabeza de Schnneider, nuevos proyectos relacionados con la relojería mecánica.
El primero de ellos en salir a la luz -concretamente, en 1983- fue un cronógrafo dotado de un bisel giratorio con cuatro índices móviles y regla de cálculo en el realce, elaborado para la célebre patrulla aérea Frecce Tricolori. Paradigma de la filosofía de Breitling, este modelo inspiraría, un año después, el reloj conmemorativo del centenario de la firma, que recibió el nombre de “Chronomat” como homenaje al modelo de 1942.
En el ámbito de los instrumentos de cuarzo, destaca el lanzamiento, en 1985, del cronógrafo multifunción Aerospace, que combinaba la indicación horaria central con dos pantallas de cristal líquido para el resto de funciones.
Tres años después, nacía el Emergency, el primer reloj de pulsera dotado de un emisor de emergencia para marcar la posición de un piloto o marinero en caso de accidente o naufragio. El modelo adquiriría su imagen definitiva en 1995, con el lanzamiento de una versión actualizada que, además de un sistema de emisión mejorado, presenta todas las funciones útiles para la navegación aérea. Durante la década de los noventa, Breitling recurrió a menudo a sus modelos clásicos, de los cuales creó nuevas versiones, visualmente clásicas pero técnicamente innovadoras y dotadas de nuevas funciones. Esta política creativa se complementó con la vuelta de la marca al patrocinio de eventos relacionados con la aviación, como la Breiting World Cup of Acrobatics. La compañía incluso creó una academia de acrobacia aérea en 1994,destinada a formar nuevos pilotos.
Ese mismo año, Ernest Schnneider consideró que ya había hecho su trabajo y dejó la empresa en manos de su hijo Théodore, aunque la filosofía de la firma seguiría siendo la que la había hecho grande durantemás de cien años. Más allá del lanzamiento de nuevos iconos como el B-1 (el más completo cronógrafo electrónico multifunción,creado en 1998), el empuje de esta nueva generación al frente de Breitling se refleja en un proyecto que debía permitir a la empresa preservar su independencia y, a la vez, asegurarle una posición privilegiada en el sector: en la primavera de 1999, Breitling anunció su voluntad de certificar todos sus mecanismos a través del prestigioso Contrôle Officiel Suisse des Chronomètres (COSC). Este nivel de exigencia técnica sólo podía alcanzarse replanteando por completo el proceso de fabricación de los calibres mecánicos y asumiendo directamente todas las fases del mismo, desde la selección de los ébauches y los componentes hasta el control y ajuste de los movimientos. Así pues, la firma aceleró el proceso de integración productiva que había iniciado en 1997 con la compra del Kalek, su principal proveedor de movimientos mecánicos.
En el año 2000, Breitling estrenó una moderna manufactura en Granges, destinada al ensamblaje, control de calidad y servicio postventa; y dos años después, culminó el proceso con la inauguración de Breitling Chronométrie, una unidad totalmente dedicada a la concepción y montaje de los movimientos mecánicos de la marca.
Un buen ejemplo de la nueva política de la manufactura fue el lanzamiento, en 2001, de su calibre de alta tecnología SuperQuartz, diseñado para compensar los efectos perjudiciales de las oscilaciones de temperatura sobre la marcha del reloj. Este revolucionario mecanismo se basa en un circuito integrado que periódicamente corrige la marcha del reloj en función de la temperatura, de modo garantiza una desviación de marcha anual de 15 segundos.
En 2002, Breitling estrechó el lazo que le unía al mundo del automovilismo a través de una de las firmas más lujosas del sector: Bentley. Buscando añadir un plus de lujo a su nuevo modelo, el Continental GT, la firma británica encargó a Breitling el diseño de un reloj de a bordo.
En 2003, Breitling presentó su modelo Bentley Motors, el primero de una larga lista de piezas que lucen el nombre de la empresa automovilística en la esfera. Sin embargo, Breitling seguía siendo fiel al mundo de la aviación, como demostró con varias iniciativas, como la creación de las patrullas Breitling Fighters y Breitling Eagles, y del Breitling Jet Team. En 2004, la firma también colaboró en la restauración de un espectacular Lockhead L-1049 Super Constellation, que luce desde entonces el emblema de Breitling en sus espectáculos aéreos.
Mecanismo de manufactura

Calibre cronográfico 01, el primero elaborado por Breitling.
Además de afianzar su relación con el mundo de la aviación y el automovilismo, los primeros años del nuevo siglo sirvieron para que Breitling acabara de completar sus colecciones de cronógrafos e instrumentos. Sin embargo, la gran revolución de la firma no fue propiamente el lanzamiento de un nuevo modelo, sino la creación, en 2009, del 01, el primer mecanismo de cronógrafo elaborado íntegramente en sus talleres.
Culminación de unos esfuerzos iniciados más de diez años antes, el calibre 01 refleja el nivel de dominio alcanzado por la manufactura en el ámbito técnico; no se trata solamente de un movimiento preciso, fiable y robusto, sino de un mecanismo realizado desde cero, lleno de conceptos novedosos y concebido para una producción industrial.
La magnitud del proyecto hizo necesaria la ampliación de la manufactura Breitling Chronométrie con una segunda unidad, encargada de diseñar y poner en marcha el proceso de industrialización del futuro calibre. Las nuevas instalaciones alojaban, además de un importante taller de micromecánica destinado a los prototipos y a los utensilios, uno de los laboratorios mejor equipados de la industria relojera. Desde 2009, han salido de Breitling Chronométrie varios calibres que sitúan a la marca en el selecto club de las manufacturas.
En 1884, un joven Léon Breitling fundaba su pequeño taller de relojería, convencido de que con la fabricación de cronógrafos y contadores de alta precisión podía encontrar su espacio en un sector en crisis. Casi 130 años más tarde, Breitling es una de las marcas punteras de la Alta Relojería y, sin duda, uno de los máximos referentes en la elaboración de cronógrafos, sector que ha colaborado a dinamizar a lo largo de su historia.
Esta artículo ha sido publicado en el número 46 de la revista Máquinas del Tiempo.


