Nadie pone en duda que Nicolas G. Hayek ha marcado un antes y un después en la historia relojera moderna. Su visión emprendedora sacó a la industria relojera del abismo tras la denominada revolución del cuarzo, cuando el mercado japonés había irrumpido con una fuerza descomunal en el sector. ¿Quién iba a decir que sus relojes de plástico, prácticamente de usar y tirar –los Swatch-, fueran capaces de mantener a sus hermanos con alma mecánica? Toda una paradoja: el desarrollo del plástico ayudó a la supervivencia del metal.

Otra de las últimas decisiones de Hayek va camino de convertirse en otra paradoja, y seguramente las encarnizadas críticas iniciales deriven en alabanzas finales: nos referimos a la resolución de no suministrar los calibres fabricados por el Grupo Swatch –y, concretamente, por la manufactura ETA’sa- a empresas que no formen parte del mismo. Estos calibres se encontraban en la mayor parte de firmas relojeras, incluso en aquellas que disponían de movimientos propios.

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Esta decisión llegó a considerarse en sus inicios como un ataque a la industria relojera que llevaría consigo la desaparición no sólo de marcas relojeras sino también de una parte del tejido industrial suizo. A primera instancia parecía que la hegemonía del Grupo Swatch sería indiscutible e inalcanzable. Sin embargo, el mundo nunca deja de girar por mucho que alguien lo pretenda, y esta medida, lejos de suponer un duro revés al panorama relojero suizo, ha conseguido relanzar el desarrollo de nuevos calibres. Si hace unos años pocas marcas podían enorgullecerse de disponer de calibres manufacturados por ellas mismas, hoy en día hay un buen número de firmas relojeras que han desarrollado sus propios movimientos.

Una de ellas es Carl F. Bucherer, creadora del calibre CFB A1000.

El CFB A1000

La idea empezó a gestarse en 2005 y vio la luz en 2008. Los relojeros de Carl F. Bucherer se pusieron manos a la obra bajo las siguientes premisas: en primer lugar, debían utilizarse tecnologías existentes y de probada calidad, como es el caso de un sistema de ajuste de la marcha del reloj clásico, escape de áncora suizo o un tren de rodaje rubíes como cojinetes; sin embargo, el diseño debía ofrecer una visión despejada de los puentes y del resto de componentes del movimiento. En segundo lugar, su concepción debía facilitar la inclusión de nuevos elementos y complicaciones al calibre base.

En tercer lugar, la fiabilidad del conjunto debía ser un objetivo en sí mismo. Y por último, aunque no menos importante, la producción del movimiento base debía poder ser semi industrial.

El CFB A1000 cumple perfectamente los objetivos marcados y, si bien las tecnologías utilizadas en su concepción relojera no son novedosas en si mismas, sí lo es la forma en que se han adaptado, lo que las convierte en soluciones originales, no vistas hasta la fecha.

Un rotor periférico

La seña de identidad del CFB A1000 es, sin duda, su rotor periférico; la solución no es nueva, pero sí lo es el modo como la han tratado los relojeros de Ste. Croix. Históricamente ha habido cuatro tipos de disposiciones del rotor:

En primer lugar, podía colocarse en el centro del calibre, lo que hacía que se moviera por toda la superficie del mismo. Este diseño ha demostrado probada fiabilidad y eficacia, y es el más adoptado en los calibres automáticos. Sin embargo, conlleva dos limitaciones: una de tipo estético, ya que el rotor limita la visión del movimiento, y otra de tipo técnico, ya que impide añadir módulos adicionales al calibre base, al menos por esa cara.

Otra opción, similar a la anterior, es ubicar el eje de giro algo descentrado. Aunque mejora la visión del movimiento, ya que hay una parte que no queda oculta por el giro del rotor, mantiene las dos limitaciones comentadas anteriormente. La tercera opción considerada es el microrrotor: la ubicación de un rotor con una circunferencia de giro de tamaño sensiblemente inferior al diámetro del calibre e integrado en el mismo solventa la limitación de la visión, pero su ubicación obliga a un rediseño del resto de los sistemas, y en ocasiones éstos precisan de componentes más pequeños. Además, implica que el rotor debe tener una densidad mayor, lo que puede desembocar en un mayor desgaste y más sensibilidad a los golpes.

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Despiece completo del sistema de remonte automático. En la parte izquierda se puede ver el sistema que permite la carga bidireccional del rotor periférico.

La cuarta y última opción es un rotor que gire por el borde del movimiento. Esta solución es la menos usual de todas y exige un diseño más elaborado. No obstante, cuenta con la ventaja técnica del rotor central y ofrece una visibilidad del calibre tan buena como el microrotor, eliminando de este modo las limitaciones que hemos comentado.

Puede decirse que los relojeros de Carl F. Bucherer han reinventado el rotor periférico, ya que lo han dotado de un sistema de absorción dinámica de golpes. El rotor se desliza por tres cilindros montados en vertical sobre la pletina base. Estos cilindros tienen un revestimiento de “diamon-like carbon” (DLC en sus siglas en inglés), duro como el diamante y resistente. A su vez, están situados sobre cojinetes de bolas. El conjunto se coloca sobre barras oscilantes, posicionadas con precisión mediante muelles como si de un cuello de cisne se tratara. Es como si el rotor estuviera sujeto por tres amortiguadores que permiten el movimiento lateral del mismo ante los golpes.

A este sistema de amortiguación se añade que el eje de la rueda de transmisión –la que está en contacto con el rotor y se encarga de iniciar el engrane hasta el barrilete- también está dotado de un sistema de amortiguación de golpes. Se trata del habitual Incabloc, utilizado habitualmente para el eje del volante. Los laterales de los puentes se encargan de limitar los movimientos radiales del rotor, mientras que tres tornillos de diseño especial se encargan de limitar los movimientos axiales, evitando que el rotor golpee con el fondo de la caja.

Un sistema de regulación original

 El corazón de todo reloj mecánico es su órgano regulador: el áncora, el conjunto volante/espiral y el sistema que permite ajustar su marcha. La solución adoptada en el CFB A1000 mantiene el diseño tradicional de áncora suiza, con un ajuste de la variación de marcha mediante raqueta y de porta pitón móvil.

La originalidad conceptual se centra en estos últimos elementos: sobre el puente del volante se sitúan dos brazos que se mueven independientemente el uno del otro; uno de ellos controla la posición de la raqueta, es decir, permite ajustar la longitud útil del espiral y, con ello, provocar un adelanto del reloj -si se acorta ésta- o un retraso -si se alarga. El otro actúa sobre la posición del pitón, es decir, el extremo final exterior del espiral, que regula el punto muerto del áncora. El punto muerto determina que en posición de reposo el áncora se sitúe en la mitad de su recorrido y no esté en contacto con ninguno de los dientes de la rueda de escape.

Este aspecto es especialmente importante para mantener un buen isocronismo del volante, es decir, que la duración del giro hacia un lado y hacia el otro del volante sea la misma. Un único tornillo fija ambos brazos al puente del volante, con lo que, una vez ajustado el reloj, las posiciones tanto de la raqueta como del pitón permanecen fijas e inamovibles, con la ventaja que ello supone para la estabilidad de la marcha y la fiabilidad de la misma a lo largo del tiempo.

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 Las características del calibre

El CFB A1000 es un movimiento de carga automática mediante rotor periférico bidireccional (con carga en ambos sentidos). Se trata de un calibre de grandes dimensiones, con sus 13 líneas de diámetro equivalentes a 30 milímetros. Tiene una altura de 4,3 milímetros, a caballo entre los 4,6 de un clásico ETA’sa 2824-2 y los 3,6 del estilizado ETA’sa 2892A2. Incorpora 33 rubíes, algunos más que los clásicos 25/21 de los calibres mencionados, indicativo de que incorpora más ejes y también de que lleva sistemas antichoque en varios de ellos.

 La frecuencia de oscilación del volante es de 3 Hz, es decir, 21.600 alternancias por hora, ni rápido ni lento. Esto redunda tanto en la estabilidad de la marcha como en un bajo desgaste del sistema. También permite un volante de mayor tamaño, lo que siempre se agradece a la vista, y más en este caso, en que el rotorno entorpece nada la visual del movimiento. Éste dispone de un único barrilete que le proporciona una reserva de marcha de hasta 55 horas (superior a las 46/48 horas habituales  en los guardatiempos actuales). El movimiento presenta las indicaciones básicas de horas y minutos centrales, y pequeños                                                                                                                                                    segundos horarios desplazados a las seis horas.

 Una estética vanguardista

Los acabados del CFB A1000 tienen un toque vanguardista. Destacan los dibujos con trazos rectos que se forman sobre los puentes, a un nivel inferior, y que presentan un acabado mate, mientras que la parte superior tiene un acabado satinado con líneas rectas. También saltan a la vista las varias formas hexagonales presentes: la que corresponde a la cabeza del tornillo del rochete, la de la placa de sujeción de la rueda de la corona y la de los brazos del puente. La disposición de los puentes es inédita y provoca un particular efecto visual que no se puede comparar a nada que hayamos visto.

El nombre de la marca, “Carl. F. Bucherer”, destaca grabado en relieve en el rotor. Debajo del volante se aprecia la denominación del calibre, “A1000”, así como la indicación de su procedencia “Swiss”. Sobre el puente del rodaje se puede leer el número de rubíes que incorpora el calibre.

Los otros CFB

 Sobre el calibre base A1000, Carl F. Bucherer ha desarrollado cuatro movimientos: el A1001, que incorpora una gran fecha e indicación del día de la semana; el A1002, que además de la gran fecha y del día de la semana incorpora la indicación de reserva de marcha; el A1003, que sólo aporta la información del día del mes, mediante una gran fecha; y el A1004, que incorpora gran fecha e indicación del día de la semana, así como la semana del año, mediante un disco situado a las seis horas.

 

Este artículo ha sido publicado en el número 37 de la revista Máquinas del Tiempo.

 

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