La segunda mitad del siglo XIX fue una época especialmente convulsa en Europa. Las gran­des potencias del continente rivalizaban por el poder mundial, las sociedades industriales evolucionaban hacia el capitalismo moderno y tanto la ciencia como la tecnología avanzaban a grandes saltos. En este contexto, la familia Ditisheim creó un pequeño taller de relojería que se acabaría convirtiendo en la prestigiosa firma Vulcain.

Sin embargo, todo había empezado unos años antes, cuando Jacques Ditisheim, un comerciante al­saciano de origen judío, decidió mudarse junto a su extensa familia a La Chaux-de-Fonds, una pequeña ciudad de la joven República de Neuchâtel que estaba creciendo a marchas forzadas por la llegada de mu­chos inmigrantes europeos, atraídos sobre todo por su floreciente industria relojera.
Los Ditisheim seguían los pasos de otros miem­bros de la extensa comunidad judía de Hegenheim, que habían empezado a emigrar a tierras suizas tras la guerra de 1815, después de que fuera que­mada la sinagoga de su comunidad. Sin embargo, los primeros años en su nuevo país no fueron nada fáciles, puesto que una ley proteccionista impedía a los mercaderes judíos instalarse en las ciudades de la República y les obligaba a asentarse en pequeñas poblaciones vecinas (por la misma razón, la comu­nidad judía habitaba en Hegenheim en vez de hacer­lo en la vecina Basilea).

Sólo en 1858 —un año después de la abolición de la ley— la familia recibió el permiso para residir en La Chaux-de-Fonds. Fue a partir de entonces cuando Mau­rice, uno de los siete hijos de Jacques Ditisheim entró en contacto con el mundo de la relojería como intermedia­rio (“courtier en horlogerie”, tal como reza en los registros de la época”), mientras que su hermano Gaspard em­pezó a trabajar de horloger repasseur, relojero encargado de los acabados y, en muchos casos, de colocar el escape en los movimientos. Otro de los hermanos, Aron, vivía en Milán, donde también regentaba la primera tienda internacional de relojes Ditisheim.
En 1872, tras la anexión alemana de Alsacia, los Ditisheim solicitaron a las autoridades la ciudadanía suiza y, tras pagar la cantidad requerida por el Go­bierno cantonal, todos sus miembros se convirtieron en suizos de pleno derecho.

Un acontecimiento esencial para entender el creci­miento de la relojería en las montañas de Neuchâtel durante la segunda mitad del siglo xix es la introduc­ción, en 1842, del sistema de carga y ajuste de la hora mediante una corona, que sustituía el tradicional —e imperfecto— sistema de llave utilizado hasta el momento. La invención de Jean-Adrien Philippe no sólo cambió para siempre la naturaleza de los guar­datiempos de bolsillo sino que también provocó un gran aumento de su demanda.

Ilustración en blanco y negro de la manufactura de la Rue de la Paix, La Chaux-de-Fonds, inaugurada en 1919

Ilustración en blanco y negro de la manufactura de la Rue de la Paix, La Chaux-de-Fonds, inaugurada en 1919

Los primeros pasos

Tras comprar a sus dos hermanos la propiedad de la firma —que pasó denominarse “Maurice Ditisheim, successeur de Ditisheim Brothers”—, en 1886, Maurice empezó a crear una red internacional de distribución, que primero abarcó Italia, más tarde el resto de Eu­ropa y, finalmente, Estados Unidos, donde sus relojes esmaltados tuvieron un importante éxito.

Esta primera etapa de la empresa está estre­chamente ligada a la Rue Léopold Robert de La Chaux-de-Fonds, donde los hermanos Ditisheim alquilaron varios locales a lo largo de los primeros años: al principio fue un pequeño local en el núme­ro 11, que fue sustituido por un edificio más grande en 1869 (actualmente alberga el juzgado local) y, siete años después, por un edificio comercial en el número 16

Tiempos difíciles

Tras el estallido de la guerra Franco-Prusiana en 1870, la relojería suiza experimentó un auge importante gracias a la exportación internacional de guardatiem­pos, sobre todo a Alemania. Sin embargo, muy pronto llegaron malas noticias de la otra orilla del Atlántico: la incorporación de herramientas mecanizadas para estandarizar los componentes relojeros permitió a las firmas americanas acaparar el mercado con modelos más económicos y fáciles de reparar que los suizos, ya que las piezas sobrantes podían utilizarse en otros calibres. Ello provocó la caída progresiva de las ven­tas por parte de las manufacturas suizas, incapaces de adoptar el sistema de producción americano tanto por el carácter descentralizado de la industria (mu­chos de los componentes eran fabricados en talleres especializados) como por las presiones de los propios relojeros, que temían perder su trabajo.

Algunos residentes de La Chaux-de-Fonds tuvieron la idea de promocionar los productos de la industria local a través de exhibiciones. La primera de ellas fue organizada por la Société d’Émulation Industrielle (Asociación para la Competitividad Industrial) y se celebró en 1863, en el marco de una competición de tiro. Su éxito hizo que se repitiera en 1879 y 1881. Fue en esta última, las más multitudinaria, donde losDitisheim mostraron sus relojes por primera vez.

En 1889 se celebraba en París la Exposición Univer­sal, el evento comercial más importante del mundo, y Maurice removió cielo y tierra para poder exhibir ahí sus relojes en las mejores condiciones. Los esfuer­zos realizados por Maurice y sus hermanos fueron recompensados con una medalla de bronce gracias al modelo “La Vallée de l’Arve” – n. 2259, un reloj de oro elegantemente decorado que reunía las complica­ciones de gran sonería, repetición de hora, cuartos y minutos, y calendario perpetuo con indicaciones de mes, día de la semana, fecha y fases lunares. La pieza contaban con dos tapas —una en cada cara—, deco­radas por sendas miniaturas en esmalte, que mostra­ban a un hombre leyendo a dos damas y un bucólico paisaje del Valle de l’Arve, situado entre Ginebra y Chamonix. En ambos casos, estaban enmarcadas por una doble fila de perlas, verdadero signo distintivo de la marca.

Maurice Ditisheim, hijo de Jacques Ditisheim y gran impulsor de la manufactura

Maurice Ditisheim, hijo de Jacques Ditisheim y gran impulsor de la manufactura

El joven heredero

Pocos meses después del éxito alcanzado en la Expo­sición Universal de París de 1889, Maurice enfermó gravemente y su hijo Ernest-Albert, de sólo 20 años, tuvo que hacerse cargo de la compañía, que en 1893 pasaría a denominarse “Ditisheim & Cie, successeurs de Maurice Ditisheim”.

Apenas aterrizado en la compañía, el joven em­presario tuvo que organizar la participación de la firma en la Exposición Universal de Chicago, que tuvo lugar ese mismo 1893, y en la cual los nor­teamericanos quisieron demostrar todo su potencial económico tras el éxito alcanzado por la ciudad de París dos años antes.

Interesado en recuperar el mercado estadouniden­se, Ditisheim quiso estar presente en el evento, y de nuevo envió algunas de sus piezas más significativas para su exposición. El éxito de público de la firma fue ratificado por la organización, que le concedió una condecoración “por su gran trabajo en relojes compli­cados, sonerías, repetidores, calendarios, Split seconds relojes chatelaine bellamente decorados y un áncora de siete líneas”.

Ernest-Albert siguió dando vueltas al nombre de la firma, y en 1898 decidió darle un toque más creativo con la incorporación del apelativo “Fabrique Vulcain”. El nombre hacía referencia al dios del fuego y los vol­canes de la mitología romana, quien forjaba armas y armaduras para dioses y héroes en su fragua delMonte Etna.

La compañía adoptó el sistema de producción me­canizado que poco a poco había empezado a impo­nerse en la conservadora industria relojera suiza. Ello permitió que Ditisheim & Cie incrementara signifi­cativamente su producción, además de complemen­tar la oferta de Vulcain con las marcas Volta (creada en 1911) y Studio. Introducida en 1915, Studio ofrecía piezas más baratas para un uso diario, lejos del estilo lujoso y exquisito de Vulcain.

En otoño de 1919 Vulcain inauguraba su fábrica del 135 de la Rue de la Paix, un magno edificio si­tuado a las afueras de la ciudad, que acabaría apare­ciendo en muchos de los anuncios de la marca de la época. La manufactura alojaba por aquel entonces a más de cien trabajadores. A diferencia de la mayoría de firmas, Vulcain fabricaba todos los componentes de los relojes que comercializaba, lo que le confería una considerable autonomía creativa. Fue durante esa época, cuando los relojes de pulsera femeninos empezaron a brillar con luz propia en los catálogos de la marca.

En 1929, la Exposición Universal se celebraba en Barcelona, y Ernest-Albert Ditisheim vio la oportuni­dad de repetir el éxito que su padre había obtenido en París 40 años antes. En la capital catalana, Vulcain vol­vió a sorprender por la calidad de sus guardatiempos, que fue recompensada por un jurado internacional con la concesión de un Gran Premio.

Puede decirse que, bajo la dirección de Ernest-Albert, Vulcain alcanzó la madurez y se convirtió en una de las firmas de referencia de La Chaux-de-Fonds. El empresario cultivó la imagen de la marca apoyándose en la publicidad, empezó a dotar a los relojes de nombres originales y se cuidó de que cada uno de sus modelos estuviera pensado para un mer­cado específico. Sin embargo, era un relojero de la vieja escuela, y siempre se negó a que Vulcain comer­cializara modelos automáticos, puesto que conside­raba que esta técnica de carga arruinaba la precisión del movimiento. Esta prohibición fue observada in­cluso por sus sucesores como una muestra de respeto hacia la figura del patriarca.

Los años 30 fueron duros para los judíos europeos, que contemplaron con temor el auge del antisemitismo en Alemania y la llegada al poder del nacionalsocia­lismo. Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, la sombra de una posible invasión Alemana empezó a planear por Suiza, y la familia Ditisheim decidió to­mar una medida radical para evitar la confiscación de la compañía: puso todas sus acciones a nombre de uno de sus empleados, Louis Vuille, que podía alardear de un apellido indiscutiblemente suizo. El plan tenía un punto de temeridad, pero Vuille demostró ser una per­sona íntegra y cuando la guerra llegaba a su fin devol­vió la propiedad de la empresa a la familia Ditisheim sin pedir nada a cambio.

Harry Truman, primer presidente de los Estados Unidos, con el Cricket

Harry Truman, primer presidente de los Estados Unidos, con el Cricket

El reloj de los presidentes

El final de la Guerra Mundial permitió a Vulcain de­sarrollar algunos importantes proyectos relojeros. El más ambicioso de ellos, sin duda, era la creación de un movimiento para un reloj de pulsera capaz de producir un sonido lo suficientemente fuerte como para despertar a su propietario.
Para llevarlo a cabo, Robert Ditisheim, hijo de Ernest-Albert y sucesor de éste al frente de la compañía, se rodeó de algunos de los mejores relojeros del país, que llegaron a realizar hasta 12 prototipos del reloj. Finalmente, tras cinco años de investigación y desarrollo, en 1947 la fir­ma presentó el primer reloj de pulsera del mundo con una alarma realmente precisa y eficiente, que denominó “Cricket” (“grillo”, en inglés) en honor al animal en el cual se habían inspirado los relojeros para crear el sonido.

Alimentado por dos barriletes —uno para el siste­ma de indicación horaria y otro para la alarma—, el mecanismo del Cricket era capaz de emitir un pode­roso sonido durante aproximadamente 20 segundos, gracias a un pasador fijado a una membrana. Cuando el martillo golpeaba el gong, la membrana resonaba, y el sonido era amplificado por un doble fondo.

El lanzamiento del Cricket marcó el inicio de una nueva era para la marca. El reloj no sólo fue un gran éxito de ventas en todo el mundo, sino que se convirtió rápidamente en todo un símbolo de dis­tinción, hasta el punto que cuatro presidentes de los Estados Unidos lo lucieron en público en las décadas siguientes. La tradición, que le valdría el apelativo “Presidents’ Watch”, fue iniciada por Harry Truman, quien en 1953 fue obsequiado con un ejemplar de manos de la Asociación de Fotógrafos de Prensa de la Casa Blanca; y continuó con Dwight D. Eisen­hower, gran coleccionista de relojes; Richard Nixon,tristemente recordado por el escándalo Watergate; y Lyndon B. Johnson, el único de los cuatro que adquirió su ejemplar en una tienda.
Otra circunstancia que contribuyó a acrecentar la reputación de Vulcain en la década de los 50 fue la utilización de su reloj estrella en múltiples expedi­ciones tanto marítimas como alpinas. Naturalmente, el Cricket acaparó buena parte de la producción de la firma de La Chaux-de-Fonds durante las décadas siguientes, aunque ésta continuó ofreciendo una am­plia gama de modelos de todo tipo, desde los más elegantes relojes de vestir hasta robustos cronógrafos deportivos y relojes de submarinismo.

Sin duda, uno de los relojes más significativos de este periodo fue el modelo Nautical Cricket, de 1961, un instrumento de submarinismo —era hermético hasta 300 metros— cuya alarma era audible en las profundidades marinas gracias a la caja de reso­nancia que formaba su triple fondo. Diseñado con la ayuda del buceador profesional Hannes Keller, el Nautical Cricket combinaba la función de alarma con la presencia de unas tablas de descompresión en la esfera regulables mediante una corona a las cuatro.

En 1970, la marca lanzó una espectacular versión de este modelo, con caja tonneau (muy en boga en ese momento) y una coloreada esfera donde la tabla de descompresión asumía unos tonos naranjas, en conjunto con la correa de tela.
A diferencia de lo que podría hacer pensar la crea­ción de modelos como los citados, desde principios de la década de los 60 la marca de La Chaux-de-Fonds tenía problemas para hacer frente a una competencia cada vez más dura. Es por ello que en 1961 se alió a otras tres otras firmas —Marvin, Phenix y Revue Thommen— para formar un grupo relojero llamado Manufactures d’Horlogerie Suisse Réunis (MSR).

Sin embargo, la estrategia no fue suficiente para hacer frente a la crisis del cuarzo, que en los años 70 y 80 acabó con buena parte de la industria relojera suiza. Tras unos años en los que la firma había per­dido buena parte de su personalidad (durante ese periodo los relojes de las cuatro marcas del grupo presentaban estéticas y características técnicas si­milares), en 1986 el grupo decidió poner todos los huevos en el cesto de Revue Thomen y el histórico nombre “Vulcain” desapareció de las esferas. Un triste final para una compañía que había escrito un pedazo de historia de la relojería moderna.

Reloj "La Vallée de l'Arve"

Reloj «La Vallée de l’Arve»

La era moderna

En 2001, un grupo de inversores encabezados por Bernard R. Fleury fundaron la empresa PMH Pro­duction et Marketing Horloger SA, con sede en Le Locle, y adquirieron tanto la marca Vulcain como los derechos de explotación y producción de todos sus modelos, incluido el Cricket.
Un año después, Fleury presentaba los primeros modelos de la era moderna de la compañía, inevita­blemente inspirados en su rica historia. Tanto él como sus socios entendían que debían construir la nueva colección alrededor de la obra más emblemática, el Cricket, pero sin renunciar a dotarla de una imagen contemporánea.

No en vano una de las primeras novedades lan­zadas por la nueva firma en el siglo xxi fue una fiel reedición del emblemático Cricket Nautical de 1961. Dos años después del relanzamiento de la marca, Vulcain creó el calibre V-11, una actualización del movimiento de 1947 que incorporaba por primera vez una ventana de fecha. El primer gran salto de calidad de la marca en el aspecto técnico, sin embar­go, fue el lanzamiento, en 2005, del Imperial Gong, un reloj Grande Complication que combinaba una alarma de carrillón con un sistema de regulación por tourbillon volante.

En 2008, Vulcain celebraba el 150º aniversario de la primera manufactura fundada por la familia Ditisheim, y quiso celebrarlo con el lanzamiento del modelo Anniversary Heart, cuya esfera par­cialmente esqueleteada permitía admirar el calibre Cricket V-18.

Dos años más tarde, se presentó la colección 50’s Presidents’ Watch, inspirada en el Cricket que en 1953 fue regalado al presidente Truman, y que tanto contribuyó a popularizar la firma suiza. Más allá de los pequeños detalles que revelaban su carácter contemporáneo (como su diámetro de 42 mm o el fondo transparente), el reloj transmitía una imagen claramente retro gracias a la forma abombada de la esfera y del cristal de zafiro. Muy pronto, el modelo se co­mercializó con un movimiento de carga manual y también con un calibre automático de nueva creación, el V-21, lo que suponía toda una pri­micia para la familia Cricket. Desde entonces, la colección 50’s Presidents’ Watch ha crecido con múltiples referencias, entre las que destaca el modelo con función de fase lunar que la firma lanzó en 2013.

Ese mismo año, Vulcain recuperó otro de sus modelos históricos más emblemáticos: el Nautical Cricket de 1970, que fue dotado de una imagen más moderna, sobre todo, gracias a su nueva correa troquelada de piel.

Lejos de estancarse en un eterno revival de su época dorada, sin embargo, en los últimos años Vulcain ha hecho un esfuerzo importante para di­versificar su oferta y llegar así a un público más amplio. Aunque la línea 50’s Presidents’ Watch —con todas sus variantes— continúa formando el núcleo central de la colección, la firma ha sabido acompañarla de una serie de líneas, tanto de esté­tica retro como contemporánea, que no necesaria­mente remiten a su herencia histórica.

Este equilibrio entre el homenaje al pasado bri­llante y la voluntad de ofrecer un producto de calidad dotado de una imagen reconocible, es la mejor garantía de futuro para una marca que for­ma parte del patrimonio histórico de la relojería suiza.