Zenith

G.F.J.

El reloj perfecto renace

Por Ernest Valls

Le Locle volvió a ser el corazón de la relojería suiza. En la cuna de Zenith, la manufactura celebró su 160º aniversario recordando más de un siglo y medio de búsqueda de la perfección. Entre relojeros, diseñadores y archivos centenarios, mdt tuvo el honor de descubrir el nuevo G.F.J., una máquina del tiempo que une pasado y presente, y traduce en platino y lapislázuli el sueño eterno de Georges Favre-Jacot.

El ayer y el hoy de la manufactura de Zenith en Le Locle. La planta se mantiene prácticamente inalterada, conservando intacta su esencia… 160 años después.

Este 2025, Zenith celebra 160 años de historia. Un aniversario que no sólo conmemora una fecha, sino una idea: la obsesión de su fundador, Georges Favre-Jacot, por crear el reloj perfecto. Aquella visión nacida en 1865 en Le Locle, cuando un joven de 22 años reunió bajo un mismo techo todas las fases de la producción relojera, cambió el curso de la relojería suiza. Hoy, esa misma ambición late de nuevo en el corazón del Zenith G.F.J., un reloj que no sólo rinde homenaje a su creador, sino que materializa su sueño con la pureza que sólo concede el tiempo.

El latido de la precisión

A finales del siglo XIX, las competiciones de cronometraje de observatorio eran el escenario donde se medía la verdad de la precisión. Zenith participó en ellas desde 1897 y acumuló un récord inigualable: 2.333 premios de cronometría, más que cualquier otra manufactura. En ese contexto, durante los años cincuenta, el Calibre 135 se convirtió en leyenda.

Diseñado por Ephrem Jobin bajo la dirección de Charles Ziegler, el Calibre 135 nació con un propósito: conquistar los observatorios de Neuchâtel, Ginebra y Besançon. Su arquitectura giraba en torno a un volante de gran tamaño que garantizaba una estabilidad excepcional. Entre 1950 y 1954, obtuvo cinco primeros premios consecutivos en Neuchâtel, un récord que nunca ha sido igualado. Aquel movimiento, regulado por maestros como Charles Fleck y René Gygax, encarnaba el ideal de perfección que Favre-Jacot había perseguido desde el principio.

El Calibre 135 obtuvo durante cinco años consecutivos — de 1950 a 1954 — el primer premio de cronometría del Observatorio de Neuchâtel.

El G.F.J. no deja ningún detalle al azar: cada elemento es un homenaje continuo a la esencia de la manufactura y a la visión de su fundador.

Un icono que vuelve a respirar

En 2022, Zenith revivió por primera vez el espíritu del 135, junto a Kari Voutilainen y Phillips, en una edición excepcional: diez movimientos históricos restaurados y decorados a mano. Tres años después, la manufactura da un paso más y lleva esa idea al siglo XXI. El nuevo Calibre 135 del G.F.J. no es una simple reedición: es una reinterpretación contemporánea de un movimiento que marcó una era. Su nombre proviene de sus proporciones originales –13 líneas de diámetro y 5 milímetros de grosor–, las dimensiones máximas permitidas en las competiciones de observatorio de Neuchâtel, donde alcanzó su prestigio.

Las proporciones y la arquitectura del calibre original se han respetado, pero todo su interior ha sido repensado. La reserva de marcha se amplía a 72 horas (frente a las 40 de los años 50); el volante, que oscila a 2,5 Hz, incorpora una espiral Breguet y tornillos de regulación, e integra un sistema de parada del segundero para ajustar la hora al segundo exacto. Los engranajes presentan una geometría optimizada y el eje del volante dispone de un sistema antichoque tipo Kif. Cada calibre, certificado por el COSC, alcanza una precisión de ±2 segundos diarios. En conjunto, una síntesis perfecta entre respeto histórico e ingeniería moderna.

El ladrillo como emblema

Si el interior del G.F.J. late con espíritu de competición, su estética habla el lenguaje del homenaje. El motivo decorativo en forma de ladrillo, visible en los puentes del movimiento y en el anillo exterior de la esfera, no es un simple recurso ornamental. Es un guiño directo a la fachada de la manufactura de Le Locle, construida con los propios ladrillos de la fábrica que Favre-Jacot levantó en la misma localidad –ladrillos rojos después rebozados en blanco–, donde aún pueden leerse las iniciales G.F.J. que dan nombre al reloj. En aquel edificio, Favre-Jacot no sólo ensambló relojes: edificó la primera manufactura relojera integrada del mundo. Cada ladrillo simboliza el método, la visión y la constancia con los que construyó su idea de perfección. Y, hoy, ese motivo vuelve a cobrar vida en platino y lapislázuli.

El fondo transparente permite observar en toda su plenitud el Calibre 135 que late en el interior de la caja. Destaca el gran volante, verdadero corazón del reloj y responsable de su extraordinaria precisión cronométrica.

Una belleza que mira al cielo

El nuevo G.F.J. es un ejercicio de equilibrio. Su caja de platino 950, de 39 mm, combina líneas depuradas y una alternancia de superficies pulidas y satinadas que evoca la elegancia de los años cincuenta. Bajo el cristal de zafiro, la esfera es un espectáculo de profundidad: un anillo “guilloché” con el motivo de ladrillo enmarca un disco de lapislázuli azul intenso cuyas motas doradas evocan un cielo estrellado. A las seis, un pequeño segundero de nácar recuerda que el tiempo, como la luz, se mide en reflejos. Las agujas y los índices, en oro blanco facetado, refuerzan la sensación de pureza y proporción.

Cada ejemplar se entrega con tres correas –caimán azul, becerro negro y piel Saffiano azul– y puede solicitarse con un brazalete de platino grabado con el mismo motivo. Todo está pensado para que la perfección se perciba tanto en la mecánica como en el gesto de quien lo lleva.

Voces del tiempo

Para Romain Marietta, director de producto de Zenith, “recuperar el Calibre 135 no era un ejercicio de nostalgia, sino una forma de compartir una parte viva de nuestro legado”. Esa idea resume la esencia del proyecto: crear un reloj que combine la serenidad del pasado con la fuerza del presente. El G.F.J. no pretende reproducir un icono, sino reimaginarlo.

También Benoît de Clerck, CEO de la marca, subraya el significado del lanzamiento: “Pocos movimientos han alcanzado el nivel de excelencia cronométrica del 135. Volver a presentarlo en nuestro 160º aniversario es honrar este legado y compartirlo con una nueva generación de coleccionistas”. Palabras que recuerdan que el reloj perfecto no es un punto de llegada, sino un camino que se recorre con cada generación de relojeros.

Los ladrillos forman parte inseparable del legado y de la visión emprendedora de Georges Favre-Jacot, y se reflejan en el motivo que decora el exterior de la esfera.

El espíritu de Georges Favre-Jacot

El Zenith G.F.J. no sólo lleva las iniciales de su fundador: respira su filosofía. En 1865, Favre-Jacot imaginó una manufactura vertical capaz de producir cada componente bajo un mismo techo, convencido de que sólo así alcanzaría la perfección. En 1898 bautizó su movimiento más preciso con el nombre de Zenith, inspirado por las estrellas. Más de un siglo después, esa misma estrella sigue guiando el rumbo de la casa suiza.

El G.F.J. representa la culminación de ese viaje: la unión entre precisión mecánica y belleza artesanal, entre tradición e innovación. No es un reloj de colección; es una declaración de principios. Su calibre late con la misma intención que movía al joven relojero de Le Locle: demostrar que el tiempo puede medirse con alma.

Epílogo: el punto más alto del cielo

Con esta edición limitada de 160 piezas, Zenith no sólo celebra su aniversario, sino su destino. El G.F.J. es el espejo donde se refleja todo lo que la marca ha sido y todo lo que aún aspira a ser: la búsqueda constante de la excelencia. En cada detalle –el pulido del platino, la luz del lapislázuli, el latido del calibre– resuena la promesa original de Favre-Jacot. Porque, al fin y al cabo, este reloj no es una mirada al pasado, sino al cielo. Y en el cielo, el punto más alto tiene un nombre: Zenith.

Más información en: zenith-watches.com

Recent Posts